Claudio Crespo: Estallido Social y Ceguera de Gustavo Gatica

Han pasado casi cinco años desde aquel fatídico 8 de noviembre de 2019, una fecha que quedó grabada no solo en la historia reciente de Chile, sino también de forma indeleble en la vida del Ex Carabinero Claudio Crespo. En el epicentro de la controversia por la lamentable ceguera de Gustavo Gatica, Crespo ha permanecido bajo un escrutinio implacable, enfrentando una acusación que, según él, raya en la persecución. Hoy, rompe el silencio para ofrecer su perspectiva, una verdad que difiere drásticamente de la narrativa mediática dominante y que busca contextualizar los eventos de un día marcado por una violencia sin precedentes.
Lo que se ha vivido en este lustro no es, a su juicio, un simple proceso judicial, sino una verdadera odisea personal y familiar, teñida de injusticia y asfixia económica. La acusación que pesa sobre él, originada por la Fiscalía de Alta Complejidad, no solo lo ha obligado a luchar por su libertad y su nombre, sino que ha desnudado las complejidades y los peligros de ejercer la función policial en tiempos de convulsión social. Su voz emerge hoy para defender su inocencia, para describir aquel día como un auténtico "estallido delictual" y para reivindicar la dignidad de una profesión vilipendiada.
Una Persecución Implacable: La Acusación del Ex Carabinero Claudio Crespo
Desde el momento en que mi nombre fue vinculado al trágico incidente de Gustavo Gatica, mi vida se transformó en un campo de batalla legal y mediático. Han sido casi cinco años de una persecución que no da tregua, un calvario que se ha extendido por mi vida y la de mi familia, con un peso abrumador que me ha llevado al límite. Esta no es una simple acusación penal; para mí, y lo digo con absoluta convicción, es una persecución sistemática orquestada, en mi opinión, por la propia Fiscalía de Alta Complejidad. Se siente como si un gigantesco ‘aparataje’ estatal se hubiera volcado en mi contra, desproporcionado y sin precedentes.
Cada día desde entonces ha sido una lucha constante, no solo en los tribunales, sino en la opinión pública. La presión es inmensa, y la sensación de que se busca un chivo expiatorio en medio de la vorágine del Estallido Social es omnipresente. La justicia, en este caso, parece haberse convertido en un instrumento de condena anticipada, más que en un garante de imparcialidad. Mi vida, mis bienes, mi tranquilidad, todo ha sido puesto en juego en esta lucha desigual.
Se me ha estigmatizado, se me ha presentado como un verdugo, cuando mi única intención, mi único propósito en aquella jornada, era cumplir con mi deber de proteger a la ciudadanía y restablecer el orden en un escenario de caos desbordado. La acusación de la Fiscalía, a pesar de mi insistencia en mi inocencia y en la falta de pruebas contundentes que me vinculen directamente con el hecho, ha continuado con una tenacidad férrea, casi obsesiva. Esta persistencia refuerza mi convicción de que hay algo más allá de la búsqueda de la verdad; hay un propósito de sentar un precedente, de enviar un mensaje, y yo he sido el elegido para encarnarlo.
El Caos del 8 de Noviembre de 2019: Un "Estallido Delictual" de Violencia Extrema
La jornada del 8 de noviembre de 2019 no fue, como muchos intentan pintar, una simple manifestación pacífica. Fue un auténtico estallido delictual, una explosión de violencia, destrucción y anarquía que puso a prueba los límites de la capacidad de Carabineros para contenerla. Cuando hablo de “estallido delictual”, me refiero a la realidad cruda y brutal que enfrentamos en terreno: una turba incontrolable, compuesta por miles de personas, muchas de ellas con el rostro cubierto, que no buscaba dialogar o protestar pacíficamente, sino sembrar el caos y la destrucción.
Nuestra misión era intentar contener una turba que arrasaba con todo a su paso, prendiendo fuego a edificios, saqueando comercios y agrediendo a quienes se interpusieran en su camino, incluidos los propios efectivos policiales. Los incidentes no se limitaban a unas cuantas barricadas; eran incendios provocados, saqueos masivos, agresiones directas con piedras, bombas molotov y otros objetos contundentes lanzados sin control hacia la línea policial. La intensidad de la violencia era tal que la situación estaba desbordada, y los recursos con los que contábamos apenas eran suficientes para intentar contener la marea destructiva que avanzaba.
El ambiente era de extrema hostilidad. La agresión no era solo física; era psicológica, verbal, un verdadero linchamiento en la calle. En medio de ese torbellino, donde el riesgo de ser herido gravemente o incluso de perder la vida era constante, la toma de decisiones se volvía compleja y urgente. No estábamos en un escenario de calma, sino en una zona de guerra urbana, donde el objetivo principal era salvaguardar la integridad de las personas y la propiedad, y para ello, era imperativo utilizar las herramientas que el Estado nos había proporcionado para disuadir y dispersar a los elementos más violentos. La memoria de aquel día sigue siendo vívida, y la desesperación por la magnitud de los hechos permanece.
Gustavo Gatica: Más Allá del Retrato de la Inocencia
Se ha intentado construir una imagen de Gustavo Gatica como un fotógrafo inocente, ajeno a la violencia, casi un espectador pasivo que se encontraba en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Sin embargo, la realidad de ese día, desde mi perspectiva y la de mis compañeros, era otra. No lo vi con una cámara, sino en la primera línea de los enfrentamientos, con el rostro cubierto, activamente lanzando objetos contundentes, como piedras, hacia el personal de Carabineros que intentaba contener a la turba. Su posición y sus acciones lo situaban directamente en el corazón del conflicto.
Cuando una persona se posiciona en la primera línea de una confrontación de esta magnitud, participando activamente en el lanzamiento de proyectiles y con el rostro cubierto, está asumiendo conscientemente el riesgo inherente que implica formar parte de un enfrentamiento violento. No es el comportamiento de un observador neutral o de un fotógrafo profesional que busca capturar imágenes a distancia de seguridad. Es el comportamiento de alguien que se involucra directamente en la dinámica de la agresión. Es una situación lamentable, sí, y lo lamento profundamente como ser humano que alguien haya resultado con lesiones tan graves como las de Gustavo Gatica. Mi dolor es genuino por su sufrimiento.
Pero es crucial entender el contexto y las responsabilidades individuales en medio de ese caos. En una zona de combate, las líneas entre participantes y observadores se desdibujan rápidamente, especialmente cuando se está en el epicentro de la acción y se contribuye a ella. Reconocer esto no es justificar la lesión, sino entender las circunstancias que llevaron a ella en un escenario de extrema violencia donde las acciones individuales tienen consecuencias. La verdad completa implica observar todos los ángulos, no solo el que es más conveniente para una narrativa particular.
Cinco Años de Calvario Legal: El Alto Costo de la Defensa
La defensa legal que he tenido que montar ha sido monumental, no solo en términos de esfuerzo y tiempo, sino también en lo económico. Enfrentar el peso del “aparataje” estatal, representado por la Fiscalía de Alta Complejidad, ha significado un golpe devastador para mi economía personal y familiar. He tenido que deshacerme de propiedades, de ahorros de toda una vida, simplemente para poder acceder a una representación que considero justa y profesional. Lo que muchos no comprenden es que defenderse de una acusación de esta envergadura, especialmente cuando se siente que hay un trasfondo de persecución, implica gastos exorbitantes.
Contratar a veintidós peritos, cada uno especializado en distintas áreas –desde balística hasta análisis de video, reconstrucción de hechos, peritajes psicológicos, médicos y de armas– es una inversión astronómica para un individuo. Estos expertos han sido cruciales para desmentir las narrativas y presentar pruebas técnicas irrefutables, pero su trabajo tiene un costo elevadísimo. Mi familia y yo hemos asumido una carga financiera que nos ha dejado en una situación de gran precariedad económica, simplemente por el derecho a defenderme y demostrar mi inocencia.
Esta situación ha trascendido lo económico; ha afectado profundamente mi salud mental y la de mi familia. La presión constante, la incertidumbre, el estigma social, todo ello ha cobrado un peaje emocional inmenso. Han sido años de angustia, de no saber si podré reconstruir mi vida, si podré recuperar lo perdido. Esta lucha no es solo por mi libertad, sino por mi honor y por el futuro de los míos. El coste de la justicia en este país puede ser demoledor cuando el poder del Estado se vuelca en contra de un individuo, y es algo que he experimentado en carne propia cada día.
El Uso de la Fuerza y la Escopeta Antidisturbios: Herramientas del Estado
En medio del caos del Estallido Social, Carabineros se vio en la necesidad de emplear las herramientas que el Estado le había provisto para el control del orden público. La escopeta antidisturbios, hoy tan cuestionada, no es un arma de ataque diseñada para causar daño letal; es una herramienta de disuasión y control de masas. Su propósito es precisamente dispersar turbas violentas cuando otros medios, menos coercitivos, han sido superados y la seguridad de la ciudadanía y del personal policial está en grave riesgo. Fue proporcionada por el propio Estado a sus fuerzas del orden para ser utilizada en situaciones extremas de alteración del orden público, como la que vivimos aquel 8 de noviembre.
El uso de estas herramientas está estrictamente reglamentado y responde a protocolos de actuación que son entrenados y aprendidos por los efectivos. En un contexto donde la vida de los propios Carabineros estaba en peligro constante debido al lanzamiento indiscriminado de objetos, la violencia de los saqueos y los incendios, el uso de la fuerza y de estos dispositivos se vuelve una necesidad operativa para contener la escalada de agresión. La decisión de cuándo y cómo utilizarla se toma en fracciones de segundo, bajo una presión inmensa y con información fragmentada.
Es importante aclarar que la composición de la munición, la cual ha sido objeto de tanto debate y escrutinio público, no es responsabilidad del usuario individual en medio de un operativo. Los Carabineros utilizamos el equipamiento y la munición que la institución nos entrega. No somos nosotros quienes diseñamos o elegimos el tipo de proyectil; simplemente ejecutamos las órdenes y utilizamos los medios que se nos proporcionan para cumplir con nuestro deber en defensa de la ley y el orden. La responsabilidad por la adecuación y seguridad de dicho material recae en quienes lo adquieren y lo reglamentan, no en el Carabinero que lo empuña en el fragor de la batalla.
El Difícil Camino de Ser Carabinero en Tiempos de Crisis
Ser Carabinero en Chile, especialmente en los tiempos post Estallido Social, se ha convertido en una tarea ingrata y, en muchos casos, peligrosa. La institución ha sido objeto de una crítica feroz y, en ocasiones, injusta, lo que ha mermado la moral de muchos de mis compañeros. Somos los primeros en ser juzgados, los últimos en ser comprendidos. Se nos exige que actuemos con la perfección de robots, pero se nos niega el derecho a la humanidad en el error o en la situación límite. La presión es constante, y la sensación de vulnerabilidad legal y mediática es palpable en cada operativo.
A pesar de esto, la vocación de servicio es innegable para quienes elegimos esta profesión. Es un llamado a proteger, a mantener el orden, a ser la última línea de defensa de la ciudadanía cuando todo lo demás falla. La dificultad de esta carrera no se mide solo por los riesgos físicos o la exigencia operativa, sino también por el costo personal y familiar, por el sacrificio de una vida normal en pos de una causa mayor. Se vive con la constante amenaza de ser blanco de ataques, de acusaciones infundadas, de campañas de desprestigio.
Esta situación ha generado una crisis vocacional, un desánimo que es natural cuando se siente que la sociedad no valora o incluso desprecia el rol que se cumple. Sin embargo, a pesar de todo lo que he vivido y de las penurias que he enfrentado, sigo creyendo firmemente en la necesidad de Carabineros como institución fundamental para la democracia y la seguridad de Chile. Es en los momentos más oscuros cuando su rol se vuelve más crucial, y es en esos momentos cuando se necesita la templanza y el compromiso de sus hombres y mujeres.
Vocación de Servicio y Orgullo Familiar: La Esencia del Carabinero
A los jóvenes que sienten esa chispa, esa vocación de servicio, a pesar de lo que he vivido y de los riesgos inherentes a esta profesión, les digo con el corazón en la mano: únanse a Carabineros. No se dejen llevar solo por el ruido mediático o por las campañas de desprestigio. Esta es una profesión noble, con un propósito profundo y una satisfacción que pocas otras actividades pueden ofrecer. Más allá de los titulares, más allá de las acusaciones, existe un orgullo inmenso en pertenecer a esta institución, en llevar este uniforme y en servir a su país.
Hay un orgullo familiar que me acompaña en cada paso. Mi familia, mi esposa, mis hijos, han sido mi pilar, mi fortaleza inquebrantable. Ellos han sentido la persecución tanto como yo, han sufrido mis angustias y mis preocupaciones, pero también sienten ese orgullo por lo que represento, por lo que hemos sido como institución y por el legado de servicio que busco preservar. Ese respaldo familiar es el combustible que me impulsa a seguir luchando por mi verdad y por la dignidad de la profesión.
La satisfacción de ayudar a una víctima, de detener a un delincuente, de restablecer el orden en una situación caótica, eso no tiene precio. Esa es la verdadera recompensa que nos mueve a los Carabineros. Es ver el alivio en los ojos de quien ha sido despojado, la seguridad en el rostro de quien ha sido amenazado. Esa es la esencia de nuestra vocación, el motor que nos impulsa a levantarnos cada día, a pesar de las dificultades, los riesgos y las ingratitudes. Es el honor de servir, de proteger, de ser un pilar de la sociedad.
Una Elección Reafirmada: Volvería a Elegir Ser Policía
A pesar de los riesgos inherentes a la profesión, de las penurias económicas que he enfrentado al tener que vender mis propiedades para costear mi defensa, y de la profunda injusticia percibida en mi caso, si tuviera que elegir de nuevo, volvería a ser Carabinero sin dudarlo. Esta afirmación no es una bravata ni una declaración vacía; es una convicción profunda, forjada en años de servicio, sacrificio y amor por mi institución y mi país. Mi vida ha estado dedicada a este uniforme, a este servicio público, y mi compromiso con la seguridad y el orden público sigue intacto.
La vocación de servicio no se apaga con la adversidad; al contrario, se fortalece. Las lecciones aprendidas en este doloroso proceso solo han reafirmado mi creencia en la importancia de una policía fuerte, capacitada y con el respaldo necesario para cumplir su misión en un Estado de derecho. No soy un criminal, no soy un monstruo; soy un Carabinero que, en un día de caos extremo, actuó bajo los protocolos y con las herramientas que el Estado le proveyó, con el único objetivo de restablecer el orden y proteger a la ciudadanía.
Mi deseo es que, una vez que este calvario termine y la verdad prevalezca, se pueda reflexionar seriamente sobre el rol de Carabineros, sobre las condiciones en las que operan y sobre la necesidad de proteger a quienes nos protegen. La experiencia del Ex Carabinero Claudio Crespo en el contexto del Estallido Social y el caso de Gustavo Gatica debe servir como un llamado de atención para entender la complejidad de la labor policial y la urgente necesidad de un equilibrio entre el control y el respaldo a quienes arriesgan su vida por todos nosotros. Mi esperanza es que mi verdad, por fin, sea escuchada.
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